14 septiembre 2026 | Tablo App
Hubo un tiempo en el que salíamos de casa sin tener necesariamente algo que hacer.
Íbamos al bar del barrio, pasábamos por la plaza, nos sentábamos en un banco o nos quedábamos un rato en algún rincón de siempre. No siempre había un plan y muchas veces ni siquiera sabíamos con quién nos íbamos a encontrar.
Simplemente, íbamos.
Hoy una idea así casi parece extraña. Salimos para cenar, entrenar, trabajar, ir de compras, ver una exposición o asistir a un evento. Reservamos una mesa, compramos una entrada, elegimos una actividad.
Tenemos muchísimos lugares a los que ir, pero quizá menos lugares en los que simplemente estar.
Y es precisamente aquí donde vuelve a cobrar sentido un concepto que nació hace décadas. El de los third places o terceros lugares.
En los años ochenta, el sociólogo estadounidense Ray Oldenburg empezó a utilizar la expresión third place para describir aquellos espacios que no eran ni el hogar ni el trabajo.
La casa era el primer lugar. El trabajo, el segundo. El tercer lugar se encontraba en algún punto entre ambos.
Un bar de barrio, una biblioteca, un parque, una plaza o un centro social podían convertirse en terceros lugares cuando permitían a las personas encontrarse de una forma informal y espontánea.
No hacía falta ser amigos. Tampoco era necesario tener algo concreto que hacer juntos. Lo importante era poder volver, reconocer caras conocidas y empezar poco a poco a formar parte del mismo entorno.
Según Oldenburg, estos lugares favorecían los encuentros informales fuera de casa y del trabajo. Eran espacios accesibles, frecuentados por personas habituales pero abiertos también a desconocidos, donde la conversación tenía un papel importante.
Por eso el valor no estaba simplemente en tener un bar cerca de casa.
Estaba en volver.
El bar del barrio probablemente no era el lugar más bonito de la ciudad. Quizá tenía sillas incómodas, una decoración de otra época y un café completamente normal.
Pero entrabas y reconocías a alguien.
La persona detrás de la barra sabía qué solías pedir. Quien estaba sentado cerca era la misma persona que habías visto unos días antes. Alguien comentaba un partido y otra persona se sumaba a la conversación.
La fuerza de estos lugares no dependía necesariamente de lo que ofrecían.
Dependía de la repetición.
Frecuentar los mismos sitios significaba volver a encontrarse con las mismas personas. Los desconocidos se convertían en caras conocidas y algunas de esas caras, con el tiempo, se convertían en conocidos.
Hoy estamos acostumbrados a pensar que para conocer gente nueva tenemos que hacer algo. Apuntarnos a un curso, asistir a un evento, encontrar una afición u organizar una salida.
Durante mucho tiempo no siempre fue así.
A veces bastaba con estar.
A las ciudades actuales no les faltan precisamente lugares donde pasar el tiempo.
Hay restaurantes, coctelerías, gimnasios, espacios de coworking, centros comerciales, cines, exposiciones, festivales y actividades de todo tipo.
Sin embargo, muchos de estos espacios tienen una función muy concreta.
Al gimnasio vamos a entrenar. Al coworking, a trabajar. Al restaurante, a comer. A un concierto, a escuchar música. A un curso, a aprender algo.
Incluso nuestro tiempo libre está cada vez más organizado.
Esto no significa necesariamente que las ciudades sean menos sociales. Pero sí que algunas situaciones en las que las relaciones podían surgir sin haber sido programadas son menos frecuentes.
Estar rodeados de personas no significa necesariamente conocerlas.
Podemos pasar un día entero entre el transporte público, la oficina, un bar, el supermercado y el gimnasio, cruzándonos con cientos de personas sin hablar realmente con ninguna.
Compartimos espacios continuamente con desconocidos, pero nos hemos vuelto muy buenos respetando una distancia invisible.
Hay una situación muy común que explica perfectamente este cambio.
Entramos solos en un local lleno de gente.
En teoría estamos rodeados de posibles conversaciones. En la práctica podemos sentarnos en una mesa y pasar toda la noche sin hablar con nadie.
No porque no queramos conocer gente nueva.
Simplemente falta un paso.
Hablar con alguien de la mesa de al lado puede parecer invasivo. Entrar en la conversación de un grupo puede resultar incómodo. Estar en el mismo local no significa automáticamente tener un motivo para dirigirnos la palabra.
El espacio físico sigue existiendo.
Lo que a veces falta es un contexto que haga natural atravesar la distancia entre dos desconocidos.
Quizá esta sea una de las diferencias más interesantes entre los antiguos lugares de encuentro y muchos de los espacios que frecuentamos hoy.
El concepto de third place sigue utilizándose para estudiar la relación entre los espacios, las comunidades y las interacciones sociales.
La razón es bastante sencilla.
La casa y el trabajo ocupan una enorme parte de nuestra vida, pero no pueden ser los únicos entornos a través de los cuales construimos relaciones.
También necesitamos espacios más informales donde no seamos familiares, compañeros de trabajo, clientes o profesionales.
Donde seamos simplemente personas.
Esto no significa que tengamos que reconstruir exactamente el bar de barrio de hace cuarenta años. Nuestros hábitos han cambiado, las ciudades han cambiado y también ha cambiado nuestra forma de relacionarnos.
Quizá sea más interesante entender qué permitían que sucediera aquellos lugares y encontrar nuevas maneras de recuperar esa función.
Durante mucho tiempo el mecanismo era sencillo.
Primero existía un lugar. Las personas empezaban a frecuentarlo y, al volver una y otra vez, terminaban conociéndose.
Hoy también puede ocurrir al contrario.
Primero encontramos un motivo para conocernos.
Después elegimos el lugar donde hacerlo.
Vista de esta manera, la tecnología no tiene por qué sustituir los espacios físicos. Puede ser simplemente el paso que permite que las personas lleguen hasta ellos.
Un grupo, una comunidad o una aplicación pueden hacer algo que antes sucedía de manera espontánea al frecuentar siempre el mismo sitio. Pueden crear el contexto inicial que hace posible conocer a alguien que hasta ese momento era un desconocido.
Después, la parte digital puede dejar de ser necesaria.
Porque el encuentro real ocurre en otro lugar.
Es precisamente en este punto donde también entra Tablo.
La idea no es crear otro espacio digital donde acumular contactos o pasar horas hablando a través de una pantalla.
Tablo utiliza la tecnología para hacer que las personas se conozcan en la vida real.
Quien quiera conocer gente nueva puede crear una mesa o unirse a una que ya esté organizada en su ciudad. Después, las personas se encuentran de verdad durante una cena, un aperitivo o una experiencia compartida.
La parte digital sirve sobre todo antes.
Sirve para hacer natural algo que en un local lleno de desconocidos podría resultar mucho más difícil. Sentarse en la misma mesa sabiendo que nadie necesita inventarse una excusa para empezar a hablar.
Quizá eso sea también lo interesante de las nuevas formas de socializar.
No intentan necesariamente sustituir los lugares que hemos perdido. Pueden devolver a los espacios que ya existen una función que quizá estábamos empezando a olvidar.
Hacer que las personas se encuentren.
Probablemente sería demasiado fácil idealizar el pasado como una época en la que todo el mundo hablaba con todo el mundo y cada plaza era una comunidad.
No era así.
Y tampoco es necesario pensar que todo lo que llegó después es necesariamente peor.
Han cambiado las ciudades. Han cambiado nuestras rutinas. Han cambiado nuestros hábitos y también las herramientas con las que descubrimos personas, lugares y experiencias.
Pero la necesidad que existe detrás de todo esto parece seguir siendo sorprendentemente parecida.
Seguimos necesitando un hogar.
Seguimos necesitando el trabajo.
Pero entre el primer y el segundo lugar queda una parte enorme de nuestra vida.
Esa en la que podemos ser simplemente personas que todavía no se conocen.
Quizá los lugares de encuentro no hayan desaparecido realmente.
Simplemente hemos empezado a construirlos al revés.